Hoy no amanecí inspirado para contar esta historia, y teniendo en cuenta que inspirado soy un desastre narrando, ¿queridos lectores, se podrán imaginar lo que puede ser esta historia en peores condiciones? Queridos amigos, me consuela (aunque me mienta a mi mismo) saber soy uno de los que más ganas pone en el intento de contar historias, aunque sea un pésimo narrador. Lo que alivia mi frustración de mal narrador es saber que esta falta de inspiración no afecta mi buen humor. Intento casi siempre reírme de mis desgracias, y les aseguro que últimamente estoy todo el día a carcajadas. Según Antonio Semillosa, “tener sentido del humor es ser consiente de la relatividad de las cosas”. Pero en el comienzo de esta aventura hacia tierras gallegas, para Julio, un muchacho de apenas 17 años, no existía ningún motivo para reír por mas relativo que pudiera haber sido este viaje. Primero, porque asistió (acompañado por Pedro) al hospital de Bilbao víctima de una urticaria, y mas tarde se dirigió (acompañado por mi) otra vez al hospital de Barakaldo víctima de una caída en bici. ¿Como se podía levantar el ánimo de Julio después de semejante encadenamiento de sucesos desafortunados? yo le animaba mientras nos dirigíamos a urgencias de Barakaldo con la esperanza de encontrar allí a una bonita y simpática médica como presagio de que la buena suerte empezaba a declinarse hacia su lado después de tan mala pata. Pero la suerte no estaba de su lado ese día, por lo menos en ese momento. La médica que lo atendió no era especialmente agraciada (desde el punto de vista de Julio y mío), su simpatía se presentía ausente en su alma y mas ausente estaba en su cara. Un chico de 17 años asustado e inexperto en un viajes de esta magnitud y que asiste dos veces en menos de una hora a urgencias (esta última vez con unas buena magulladuras en sus dedos) mínimo necesitaba una sonrisa tranquilizadora que le diera esperanza. Como les decía, la simpatía era algo que destacaba por su ausencia en la profesional de la sanidad que atendió a Julio. Algo debía hacer yo rápidamente para que Julio se tranquilizara y pudiera dejar de creer que era victima del infortunio. Fue entonces cuando recordé y tuve la “genial” idea de utilizar unas buenas palabras en forma de pregunta graciosa, empleada por aquel “simpático” doctor de apellido Huose que tanto me divertía:
¿Julio, Preferirías un médico que te coja la mano mientras te mueres o uno que te ignore mientras mejoras?
La cara de Julio después de mi pregunta, se descompuso en pocos segundos, sus ojos lagrimeaban a punto de estallar en un Tsunami que nos acabaría por ahogar a todos los presentes en aquella sala de espera. No entendía que había fallado en una pregunta tan graciosa empleada para que el muchacho se animara. Pero podía notar por su expresión que el efecto de mi pregunta fue inverso al que pretendía. No parecía en absoluto animarse, cada segundo que transcurría podía verse como empeoraba mas su ánimo. El muchacho trataba de decirme algo mientras era afligido aun más por su miedo. Tenía una vos temblorosa que no lo dejaba expresarse en buenas condiciones, apenas se lo entendía. Hasta que por fin salió de su boca una tímida pregunta casi en silencio:
¿Diego, crees que voy a morir?
Se dice que el pesimista es un optimista bien informado. Pero Julio era en ese mismo momento parecía estar actualizado con la realidad. Su pesimismo aplastaba todo indicio mínimo de optimismo que podía respirarse en algún lugar del planeta. Si se trataba de buscar alguna otra razón para animar en aquel instante al muchacho,se me ocurrió en preguntarle:
¿no crees que peor sería tener un médico que te ignore mientras te mueres?
Ya había causado bastantes inquietudes desagradables en nuestro amigo Julio con mi anterior pregunta y pensé que mejor en esta ocasión debía permanecer callado para no empeorar mas las cosas, aunque amigos lectores, siento decirles que este dialogo no existió en ese hospital de Barakaldo. Es verdad que el muchacho estaba nervioso, inquieto y triste por los desafortunados sucesos, pero en ningún momento temió por la ausencia de sus signos vitales. El problema es que soy un fantasioso exagerado que le parece maravilloso dar rienda suelta a la imaginación, pero cuidado!!! soy consciente de no intentar encontrar una lógica a la imaginación porque me hundiría en la locura, por eso es que prefiero no ponerle limites en mi relatos.
Julio como bien sabemos, no iba a morir por un simple golpe en sus dedos, y una hora después gracias a los medicamentos ingeridos (bajo receta médica, no piensen mal), el viento empezó a soplar a su favor, ya empezaba a superar la urticaria. Las cosas empezaron a ir mucho mejor cuando la médico que nos atendió nos informaba esta vez con una bonita sonrisa (que al fin relució), que la caída sufrida por el muchacho solo había provocado una contusión de menor consideración que no le afectaría continuar con el viaje. En esos momentos de retorno a la normalidad, solo nos quedaba apartar el lado sombrío de la vida para quedarnos con esa cara brillante que nos ofrecía. Julio en menos de una hora y por dos veces asistió a la sala de urgencias de distintos hospitales, temeroso de tener que abandonar por fuerza mayor este viaje, ahí estaba otra vez el muchacho, en su bicicleta camino a Santiago de Compostela y acompañado por una cualidad que suele ser dual, esta vez, una de esas dos cualidades había caído del lado de la buena suerte. Claro, que también acompañaba a Julito el mejor y más preciado de todos los bienes que la diosa fortuna podía ofrecerle aquel día: sus compañeros de viaje. Éramos los ocho compañeros del muchacho, fieles e inseparables amigos que estuvimos con el en esos momentos mas difíciles del comienzo de un viaje que no sería nada fácil. ¿Quién pensaba acaso que los comienzos son fáciles queridos amigos?



