Tolkien describió muy bien en El Señor de los Anillos el regreso de los Hobbits a la comarca después de que estos seres de cuerpos diminutos y de grandes corazones salvaran la Tierra Media del mal que les avecinaba. Nadie más que ellos y habitantes de lejanas tierras, eran conocedores de la hazaña que habían conseguido. De modo similar a como se sintió Frodo y sus tres valientes acompañantes nos sentimos pedro y yo junto a los siete héroes del Camino de Santiago al pisar de vuelta tierra firme en Salamanca después de rodar con nuestras bicicletas hasta el cansancio y la extenuación. Como dice el refrán, fuimos profetas en otras tierras. Así fue, porque fuimos héroes en un lugar lejano donde no solemos ir con frecuencia, por no decir casi nunca, un lugar llamado Nuestro Interior. No hablo del interior de España, hablo del interior de nuestro ser, de nuestro ser mas profundo, ese lugar inexplorado que conocemos por vez primera cuando nos encontramos a prueba y en situaciones que jamás hubiésemos pensado. Podríamos decir en pocas palabras que fuimos héroes en nuestros corazones. Solo nuestros corazones son testigos del sufrimiento y de las alegrías por las que hemos pasado en esta aventura. Intentare contar esta historia poco a poco, que como ya sabemos, es la historia de nueve aventureros. El mejor de los narradores no podrá jamás contar con justeza lo que hemos vivido en el Camino del Norte, porque hemos vivido un descubrimiento interior que pertenece solo a cada uno de nosotros.
Intentando encausar la historia de nuestra aventura, me gustaría aclarar que esta historia no es muy normal y que siendo la normalidad la excusa de la mediocridad generalizada, la historia de esta aventura no es simple de narrar. Todas las historias contienen implícita una estructura narrativa, un orden y una lógica que nos permita entenderlas, pues esta historia que intento narrar no es ordenada y mucho menos parece lógico. Por eso insisto en que este viaje esta lejos de ser una historia normal. Los protagonistas son siete héroes, aunque no se si ellos conocen su condición de héroes, espero que algún día lo descubran. Pedro y yo estuvimos con estos siete héroes desde el principio, incluso antes del principio. No quiero olvidarme de Roberto, que tuvo muchas ganas de venir al camino y que no pudo estar. Roberto es educador de santiago Uno, el fue quien estuvo preparando las bicicletas para que los chicos rodaran en ellas los mejor posible. Pero volviendo a Pedro, se preguntaran muchos ¿quién es pedro? Pues Pedro es educador de Santiago Uno, le gusta mucho la escalada, le gusta el boxeo deportivo y también le encanta el té verde. Pedro es una persona de una risa entrañable, y el, al igual que sus siete discípulos es una persona de un gran corazón. Pedro es el origen e ideólogo de esta arriesgada, y para algunos, descabellada historia. El fue quien tuvo la genial idea de hacer el Camino de Santiago. Había muchos caminos para elegir ya que todos los Caminos llevaban a santiago de Compostela como también dicen que llegan a Roma, aunque yo una vez llegue a esta ciudad Italiana en avión y no por un camino. El camino que nuestro amigo Pedro eligió es el denominado Camino del Norte, por el cual se llega Santiago de Compostela bordeando la mayoría de la costa Cantábrica, es uno de los caminos mas duros y arriesgados para recorrer ¿Y que sería de esta historia sin en riesgo? si es que sin riesgo en el camino, no hay gloria en la llegada. Preferíamos ser locos optimistas antes que ser pesimistas sensatos.
Lejos de la llegada a Santiago de Compostela y la vuelta a Salamanca, quiero antes hablar del comienzo de esta aventura. El punto de partida elegido del camino fue Bilbao, pero el Camino de Santiago empezó en la cabeza de Pedro y siguió en el despacho de Jesús (director de Santiago Uno), pero no quiero aburrir con burocracia, papeleos y decisiones difíciles a los lectores, por lo que me voy a situar un poco mas allá y pasar de seguir contando detalles previos a Bilbao, al menos por hoy lo intentaré. Los nueve protagonistas de la historia, Cristian, Iván, Oscar, Zacarías, Julio, José Pedro, Juan, Pedro y yo, llegamos una tarde cualquiera a Bilbao. En la estación de autobuses de la ciudad vasca aun no teníamos consciencia de lo que nos esperaba. Para que no queden preguntas en el aire y muchas dudas, nos esperaba algo más de 650 kilómetros hasta Santiago de Compostela. Aunque no éramos conscientes o no queríamos serlo, sabíamos que todo viaje comienza dando un primer paso por poco que parezca, y a eso llegamos a Bilbao, a dar nuestro primer pasito.
Mientras armábamos y preparábamos las bicis llamábamos la atención de casi todos los viandantes de la zona, porque éramos numerosos, parecíamos inexpertos, se nos veía asustados, mostrábamos mucha ansiedad, ¿y para que voy a ocultarlo? hacíamos mucho pero mucho ruido. La primera etapa fue una experiencia agotadora, tuvimos que quitar los embalajes, armar las bicis y posteriormente empezar a pedalear. Dando pedales fuera de la estación de autobuses, mientras transcurría el tiempo, empezamos a notar el cansancio, ya no podíamos seguir avanzando mucho más. Era un cansancio extenuante lo que empezaba a recorrer nuestras entrañas, cada cuesta era un desafío titánico e imposible de superar, cada gota de sudor que caía de nuestras frentes rompía en el suelo con la misma violencia con la que rompe un glaciar. Nuestras caras se desfiguraban con cada metro que avanzábamos, con cada centímetro que le ganábamos al globo, nuestra estampa se transformaba como si un alud de agotamiento nos hubiese arrollado por sorpresa. Ya no podíamos robarle un metro mas al terreno, teníamos que parar y bajarnos cuanto antes de las bicis, antes de desplomarnos en el asfalto caliente. Eso fue lo que hicimos inmediatamente después de haber dejado tan solo a doscientos metros detrás la estación de autobuses de Bilbao, esa misma de la que habíamos partido 5 minutos antes para toparnos con un supermercado que parecía un oasis en el desierto. A una velocidad mayor de la que nos movíamos en bici, avanzamos y nos apoderamos de aquel oasis que ponía en un letrero Supermecados Eroski. En un paseo peatonal cercano de la ciudad y con gran júbilo, engullimos un enorme bocadillo de chorizo. El bocadillo de chorizo en este viaje merece un capitulo especial del que ya hablaré en otra ocasión, porque ahora, me interesa hablar del momento en que nos mirábamos expectantes mientras engullíamos aquel bocadillo que sabía a gloria, ese momento precisaba un arco del triunfo para conmemorar nuestra victoria. Habíamos logrado avanzar doscientos metros que no era poco. Mientras el bocadillo interactuaba con nuestro paladar, estábamos todos callados y pensativos, todos pensábamos en lo que nos quedaba por delante. Era un momento de introspección acompañado de un silencio que fue irrumpido por las palabras de Julio pidiendo ir a urgencias, victima de un repentino sarpullido que avanzaba por todo su cuerpo y que dejaba su rostro de color blanco y pálido. El chico estaba asustado y nosotros aterrados. La dermatitis avanzaba y asustaba al chico. Cambiamos la prioridad del Camino de santiago por el Camino al Hospital más cercano. Ya no nos interesaba el Camino del norte, ahora la necesidad se centraba en ir a un hospital cercano mientras el chaval cada vez respiraba peor y perdía el conocimiento poco a poco. Bueno, en realidad Julio respiraba muy bien y no perdió jamás el conocimiento, no pretendo decir mentiras, pero si pretendo darle amplitud a la verdad ya que me pareció un buen final para mantener expectantes a los lectores. Como diría Jack el Destripador, vamos por partes. Hasta la próxima amigos.....

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